miércoles, 24 de febrero de 2016

Tienes suerte...



Fuente de la imagen: koboonga 
Querido lector/a: 

Si estás leyendo estas líneas, es porque tienes suerte. Entiéndeme, no porque sea un texto mío, sino porque seguramente el que estés leyendo esto, quiere decir que de alguna manera que estás a salvo. 

Tienes suerte porque además para leer esto, tendrás que disponer de Internet y por lo tanto electricidad para poder saber que pasa en el mundo fuera de tu ciudad y poder comunicarte con los tuyos. En la ciudad en la que yo nací no pueden decir eso, ni tienen tanta suerte. Ni yo tampoco la tengo por no poder hablar con ellos. En el caso en que lo haga, me siento hasta culpable, porque siempre tengo miedo a que algo les pase por estar haciéndolo. El tener electricidad también te permite estar al abrigo en estos terribles y fríos días de febrero. 

Tienes suerte también porque seguramente hoy te hayas podido permitir hacer una compra en el mercado. Las cosas están muy mal, pero al menos, te lo has podido permitir comprar bienes básicos sin que sus precios sean extremadamente desorbitados. Después de cocinar, has tenido la suerte de poder ver un poco la tele, o haber escuchado música y quizás después comerte un helado de postre. En la ciudad en la que me crué eso no es posible: porque existen demonios que monopoliza la vida de las personas, y prohíben terminantemente hacer cualquiera de las tres cosas. Porque o bien no existía en la era del profeta que quieren recrear en base al delirio, además eso supone una distracción para orar. 

Mujeres que habéis dudado qué poneros hoy, sois afortunadas. En la orilla del Eufrates las mujeres no pueden decidir lo que visten, están sepultadas bajo capas y capas de tela negra que no dejan entrever ni un milímetro de su rostro. Eres afortunada por poder respirar, y salir a la calle sin tener que hacerlo con la condición de que te acompañe un hombre. Futuras mamás, tenéis suerte  porque el día que vayáis a parir podréis hacerlo tranquilamente, independientemente del número de ginecólogas mujeres o comadronas que haya en ese momento en la ciudad, pues en Raqqa, solo ellas están autorizadas para asistir a un parto sea cual sea sus características. Es un pecado que un hombre vea un parto. 

Queridos niños, sé que no me creeréis, pero tenéis suerte de poder estudiar y de poder ir al cole, y que ello fomente vuestra creatividad y vuestros conocimientos. Tenéis suerte que vuestros colegios sean infraestructuras dedicadas para que podáis crecer, y no se hayan convertido en cárceles o cuarteles. Tenéis suerte de no conocer la guerra y sus consecuencias. Tenéis suerte de tener un mañana y un futuro prometedor ¡Sois afortunados por tener lápices y libros y no haber visto un arma en tu vida! Y es como tendría que ser en todo el mundo. 

Tú, que llegarás en nada a casa y te apetecerá ponerte el pijama, tienes suerte. En ciudades de mi país la situación ha llegado a ser tan crítica que hasta ponerte el pijama supone un privilegio, porque ello presupone descanso y despreocupación, al menos durante unas horas. Los bombardeos son continuos, por lo que mucha gente ni si quiera ya se pone el pijama y está siempre pendiente y lista para cuando tendrá que salir corriendo de su casa. Ni si quiera las ventanas de las casas se cierran para o bien estar alerta o para que los cristales no corten a nadie. 

Tienes suerte porque has venido a casa caminando, y te has encontrado al chico de siempre tocando la guitarra en la plaza. En mi ciudad las plazas no se usan para la música, más bien para llevar a cabo ejecuciones: decapitaciones, crucifixiones, torturas. Para los bárbaros es el entretenimiento que alimenta su odio y su locura. 

En nuestro mundo, por tener suerte, tienen suerte hasta los que no están en él en cuerpo presente, pues en mi ciudad las tumbas son utilizadas como trincheras. Los hijos de puta no dejan descansar ni a los fallecidos. 

Y después de mencionar cuán afortunado eres en poder disfrutar de estas pequeñas cosas cotidianas que quizás no valores, te envidio, porque aunque yo disfrute de ellas también, tú puedes abrazar a los tuyos, y a mí me quedan muchos abrazos y besos que dar ¡Tienes suerte, cabrón!


martes, 16 de febrero de 2016

La Guerra a Distancia

Muchas personas bien intencionadamente me preguntan ¿Cómo lo llevas?
Y yo intento explicar que, bueno, como puedo.

¿Cómo es posible que un dolor tan agudo se torne en un sentimiento cotidiano?
¿Por qué es tan injusto?

Siempre digo, que vivir una guerra a distancia es inexplicable. No puedes transmitir con justicia el dolor de tanto sufrimiento colectivo, la desesperación de temer por los tuyos continuamente, el pánico que entra cuando sabes que están bombardeando tu ciudad, y que algunas de esas malditas bombas han caído al lado de la que fue la casa en donde te criaste y viviste 12 años de tu vida, los primeros, los más frágiles, los decisivos.

Vivir una guerra a distancia te cambia la vida. Creces diez años de golpe, aprendes a luchar con tus miedos, y en algún momento a controlar una ansiedad que en noches, no te dejaba ni dormir. De alguna forma, aprendes a canalizar con mayor o menor éxito tus emociones porque sabes que los que están al otro lado de la orilla necesitan que estés bien y luches por ellos, desde la distancia.

Es tan cruel que algo como el dolor que crea una guerra se convierta en algo normal
¿Por qué hemos dejado que se convierta en ello?
¿Por qué es tan injusto?


No obstante, estoy a salvo y doy gracias, no me queda otra. Otra de las lecciones es aprender a no ser egoísta. Y es que hay algo peor que vivir una guerra a distancia y es, vivir la guerra desde allí, en el lugar donde tu vida corre peligro cada segundo.